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de José Ramón Fernández

“Entre las palabras y las cosas, un Quijote navegando a la aventura”

 

Michael Foucault

Un Quijote de cuerpo porteño que es capaz de utilizar la “Balada para un loco” para llamar desde el Obelisco a un lugar de La Mancha. 

Un hombre con unas mejillas hundidas, sin muelas, una cara tan flaca que esas mejillas parece que se están besando por dentro de la boca. Un individuo cansado, con montones de parches para poder seguir adelante, auxiliado por un escudero que le da fuerza. Porque Sancho Panza tiene una fuerza que Quijote no tiene, entonces entre los dos arman una obra. 

Ahora, ese hombre, ¿Cómo se articula con nuestra “Balada para un loco”?

Por algo de la realidad y la ilusión entretejidas, que nos convoca y que sabemos mirar a través del placer del asombro.

Jorge Eines


 

ACTÚAN

Claudio Garófalo

Florencia Lorenzo

 

ESCENOGRAFÍA-VESTUARIO-ILUMINACION

Pablo Calmet

 

ASISTENCIA DE DIRECCIÓN

Chino BalbuenA

 

FOTOGRAFÍA 

Sara Jurado

 

PRODUCCIÓN

Pablo Silva

 

ASISTENCIA DE PRODUCCIÓN

Antonella Fagetti y Sebastian Caneva

 

PRODUCCIÓN GENERAL

Tejido Abierto Teatro

DIRECCIÓN

Jorge Eines

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AUTOR

José Ramón Fernández - CV

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Esc.Luz. Vestuario

Pablo Calmet - CV

DIRECTOR

Jorge Eines - CV

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Texto completo

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ACTRIZ

C.V.

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ACTOR

Claudio Garófalo - CV

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Tecnica

Sinopsis:

En el comienzo el fantasma de Alonso Quijano está buscando un cuerpo para poder habitar y salir a la aventura.

Aparece Sancho, el escudero. Aparece el caballero andante. Aparece el rucio que es el asno de Sancho. Y Sanchica a pedirle que no se lleve a su padre lejos.

Y comienzan las  aventuras en las que surge el libro de las aventuras de don quijote, dentro del libro de las aventuras de don quijote.

Y Marcela que es el alegato feminista de la bella pastora, acusada de asesina por los hombres se suicidan ante su belleza.

Y viene Urganda (personaje prestado de las novelas que leía don quijote), para que Quijote pueda preguntarle si Dulcinea existe. 

En esta versión José Ramón Fernández pone a Sancho y Quijote en un barco rumbo a America. Y nosotros lo hacemos llegar a Buenos Aires donde se encuentra con el tango, con Piazzola y con esa mujer. 

El el final entra triunfante a morir en su tierra. Y como de una transfusión se tratara, Sanchica, la niña, la mujer, se hace cargo del espíritu de Don Quijote y sale a deshacer entuertos al grito de “Yo Soy Don Quijote De La Mancha”.

 Tejido Abierto Teatro

Osvaldo Quiroga entrevista a Jorge Eines en "OTRA TRAMA"

Palabras del autor Español a la puesta Argentina

UN QUIJOTE ARGENTINO

 

…Y un Sancho. Y una Sanchica. Es decir: personas que se cuestionan que las cosas sean como son y no tengan remedio; personas que se niegan a que el himno de la humanidad sea “Siglo XX, cambalache…”. Argentina comparte con mi país esa pesadumbre sobre la buena fortuna de los ladrones y esa esperanza sobre un futuro que tal vez tenga que ver con las aspiraciones de los caballeros andantes: la justicia justa y el amor verdadero.

Escribí Yo soy Don Quijote de la Mancha para Pepe Sacristán, un actor que forma parte de la memoria sentimental de todos los españoles, que es como alguien de la familia para varias generaciones de espectadores. Eso, además de un actor formidable.  Eso, además de un ser humano marcado por una ética muy cercana a la que el viejo soldado Cervantes dejó en palabras de oro dichas, claro, por un loco. Las representaciones en España, desde el Festival Internacional de Almagro hasta el Teatro Español, pasando por medio centenar de ciudades, fueron el reencuentro con esas palabras en compañía de ese viejo amigo que es Sacristán para el público de mi país.

Por el entusiasmo del actor Andy Dickinson, la obra se tradujo al inglés y se enfrentó a un público londinense que conoce poco el libro y que veía lejanas las referencias. Eso nos ayudó al afrontar la traducción francesa y la puesta en escena de París con otra mirada. España ya era allí una referencia lejana, casi mítica. Hace años, el director Emilio Hernández me había contado una conversación con intelectuales chinos: creían que la Mancha era un lugar imaginario, como Macondo. Lo es. La Mancha, la propia España, son lugares imaginarios, países de cuento en los que suceden las aventuras de un loco que quiere hacer el bien. El estreno de París me enseñó que don Quijote no pertenece a España sino al mundo, que es una parte del alma de todos los seres humanos.

En Buenos Aires, la propuesta de Eines será un espejo americano para este Quijote, no tanto en cuanto a su asunto: ya he dicho que un referente, para mí, en la escritura de esta obra, fue desde el inicio aquel viejo tango, “siglo veinte, cambalache…”; este Quijote de Buenos Aires será un espejo en cuanto a algo fascinante: ese idioma que formaron en el occidente de Europa unos legionarios romanos jubilados conviviendo con los pueblos que ya habitaban esta península, es en el siglo XX y XXI un tesoro maravilloso que brilla en la gran literatura americana y en los mil ecos diferentes desde Chile hasta México. 

Desde que Jorge Eines y Claudio Garófalo me hablaron de que estaban armando este proyecto, no dejo de pensar en dos autores amados, que dicen mejor que yo lo que es hoy el castellano. Comparto aquí palabras que amo: 

“Que buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras” Es, claro, Pablo Neruda en su libro de memorias. Seguramente incluyamos estas palabras en la propuesta de Buenos Aires, en esas escenas en las que los actores discuten acerca de lo que están haciendo. Me gustará también encontrar parte de este lúcido discurso del mexicano Fernando del Paso, de su Viaje alrededor del Quijote:

“Antes de que Américo Castro escribiera su ensayo, gente de fuera, de España, había comenzado a levantar, aunque no de encargo, templos y catedrales, monumentos, en esa misma lengua, la castellana, sí, que fue la de Quevedo, Góngora y Cervantes, pero que también fue, ha sido, es, para decirlo con las palabras que empleó Don Quijote en su conversación con el caballero del Verde Gabán, la misma "que mamaron en la leche" Neruda, Borges, Lezama Lima, Cortázar, Rulfo, Carpentier, García Márquez y tantos otros. A España, hace tiempo que el castellano se le fue de las manos. Hoy, lo hablan en América muchos millones más de personas que los millones que lo hablan en España y en la América hispanoparlante se ha producido un conjunto de obra literaria en la segunda mitad del siglo pasado, muy superior al que dio en ese mismo lapso en la propia España. ¿Decía Azorín "que no hubo decadencia, sino extravasamiento a América de la energía y la sangre españolas"? Para bien o para mal, además, y como uno de los resultados de este mestizaje, se ha perdido el centro: España no representa ya a la metrópoli regidora de la lengua, a la que fija, pule y da esplendor. En cada país hispanoparlante del continente, el castellano conquistó también su independencia.  Cada país lo habla como quiere hablarlo y lo escribe como quiere escribirlo. Lo que permite, asimismo, que cada quien hable de El Quijote según como en él le vaya. Solo se trata de reconocer y consolidar esa independencia de nuestro castellano, de nuestros castellanos, sin olvidarnos de quiénes fueron nuestros padres y abuelos literarios.”

El abuelo Cervantes sonreirá cuando vea cómo su loco enamorado del amor y de la justicia vuelve a respirar en las bocas de Tejido Abierto, en su esencial modo de ver la vida en el escenario. 

José Ramón Fernández

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